Cuando, por fin, he llegado cansado y rendido a este cutre hostal olvidado en la Sierra de Tejeda, en la Axarquía malagueña, he podido comprobar que mi piel aún está viva. Pues, a pesar de todo, soy capaz de distinguir entre el agua fría y la caliente en la primaria ducha de la habitación.
Todo empezó esta mañana gélida de diciembre. El grupo, con el que salgo de senderismo desde hace tiempo, había decidido que hoy subiríamos a La Maroma. Temprano, abandonamos las serpenteantes calles del pueblo y emprendimos la marcha por una pista forestal, que pronto se estrechó en vereda. Poco después, la senda se apretó considerablemente y el suelo se hizo pedregoso, empinado y difícil de dominar. El olor a huertas y tierras cultivadas quedó atrás, cuando fuimos perdiendo de vista las casas del pueblo. Primero se hizo perfume manso con pinos y encinas, para convertirse, al poco, en silvestre con quejigos y retamas, y desaparecer cuando todo se cambió a piedras blanquecinas y calizas, ya en pleno ascenso.
Lo que más me impresiona cuando subo hacia alguna cumbre de nuestros parques naturales, es el silencio que se gana. Conforme vas subiendo vas dejando atrás el murmullo humano, con todos sus estruendos y chirridos. Después, percibes el rumor lejano de algunas aves intrépidas o de ramas dóciles, que se mecen con la más ligera brisa del aire. Me convenzo de que voy alcanzando verdadera altura cuando solo oigo mis pasos, o el caminar de las personas que me acompañan. Entonces, en ese imponente y provocador silencio me escucho a mi mismo. Son voces que me increpan, rumores que me gritan, susurros que me hablan... Es cuando sufro por el dolor vivido, respiro por las alegrías futuras, suspiro por los anhelos pendientes, lloro por lo perdido y sueño por vivir.
El placer del descanso lo sentí en un paraje encantador de aquel erizado sendero. En aquella revuelta del camino, en la que nos paramos, se divisaba un gran valle, donde cada uno de los tonos verdes, que lo formaban, se afanaba por destacar más que el siguiente. En el horizonte el azul del cielo dibujaba el contorno de las sierras inmediatas. Pronto el deleite del descanso se truncó, había que seguir, quedaban pocas horas de sol, y había que llegar a la cumbre. Ya el agotamiento se hacía presente, las piernas pesaban, los pies no atinaban a encontrar el espacio más favorecedor para la escala, y los brazos se mostraban torpes y lentos.
La llegada a la cima fue balsámica, la satisfacción por el objetivo logrado se mezclaba con el cansancio acumulado. Al mismo tiempo que volvía a colocarme todas las prendas que en la subida me había ido quitando, supe que había merecido la pena el esfuerzo. Ahora era el momento de reponer, al menos en parte, las fuerzas perdidas. Así, el chocolate con agua, que guardaba en mi mochila, endulzó mi garganta y con este goce me vinieron las ansias por respirar hondamente desde aquella impresionante altura. El helado aire que sentía, me arrastró a la nostalgia. Recordé felices episodios de mi infancia, allá en el campo, escenas amorosas de mi juventud, allá en el pueblo, y tristes cuadros de mi madurez, allá en la ciudad.
Descansamos lo justo, había que regresar. Ya, a la bajada, los tonos verdes del valle se truncaron en un mar de grises. El cielo también parecía unirse con su color a este, ahora, difuso y borroso valle. Poco a poco volvieron los sonidos cansinos de las carreteras próximas. El aroma de la tarde aún aspiraba a embriagarnos con sus esencias de romeros, lavanda y alhucema.
Cansado, muy cansado, llegué a este hostal sin luces de neón en la puerta y perdido en un antiguo y pequeño pueblo de los montes de Málaga. Cuando entré en la destartalada habitación que me tocó, supe que al día siguiente acudiría a la cita con un nuevo sendero por aquellas sierras.
Enero - 2007
miércoles, 18 de noviembre de 2009
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